En
la escuela, como en casa.
La escuela-hogar
de Belmonte de Miranda lucha por salir a flote en pleno siglo XXI, con una
matrícula limitada. Los docentes trabajan por la excelencia académica de sus
alumnos y para enterrar estigmas injustificados
El edificio cuenta
con todo tipo de servicios. Por la arquitectura, podría parecer un colegio.
Pero no lo es. Tampoco los docentes ejercen exactamente como tales. Ni los
menores son solo estudiantes. En una Escuela-Hogar como la de Belmonte de
Miranda los papeles se entremezclan, las líneas que marcan los roles se
difuminan. Lo cuentan los profesores, que llegan a la plaza por comisión de
servicio. Ese puesto es más que un trabajo. Lo reconocen los chavales. No están
en su casa pero, matizan, «esto no es un internado»
Aquí tenemos que
ser sensibles, empáticos y, en cierta medida, colgar la bata de maestro. Somos
más paño de lágrimas, amigos o consejeros. Compartimos muchas cosas y hay
emociones en juego». Así describe la relación que se establece Eva Salinas, la
directora de la escuela, que
ya lleva dos años en el centro y que, si puede, estaría encantada de
continuar porque tiene proyectos en mente y fortaleza suficiente para ponerlos
en marcha.
Un apoyo
importante en esta apertura a la comunidad ha sido el director del centro de
mayores, Faustino de la Peña. Cree en los beneficios de colaborar y así lo ha
hecho durante años también con el colegio de Primaria “Se les ve con otra cara.
Disfrutan mucho. Esta idea de colaboración es fantástica”, explica. Las charlas
que los estudiantes mantuvieron con sus residentes, las risas y lo rápido que
pasa el tiempo en el taller parecen darle la razón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario