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lunes, 15 de mayo de 2017


En la escuela, como en casa.

La escuela-hogar de Belmonte de Miranda lucha por salir a flote en pleno siglo XXI, con una matrícula limitada. Los docentes trabajan por la excelencia académica de sus alumnos y para enterrar estigmas injustificados
El edificio cuenta con todo tipo de servicios. Por la arquitectura, podría parecer un colegio. Pero no lo es. Tampoco los docentes ejercen exactamente como tales. Ni los menores son solo estudiantes. En una Escuela-Hogar como la de Belmonte de Miranda los papeles se entremezclan, las líneas que marcan los roles se difuminan. Lo cuentan los profesores, que llegan a la plaza por comisión de servicio. Ese puesto es más que un trabajo. Lo reconocen los chavales. No están en su casa pero, matizan, «esto no es un internado»
Aquí tenemos que ser sensibles, empáticos y, en cierta medida, colgar la bata de maestro. Somos más paño de lágrimas, amigos o consejeros. Compartimos muchas cosas y hay emociones en juego». Así describe la relación que se establece Eva Salinas, la directora de la escuela, que ya lleva dos años en el centro y que, si puede, estaría encantada de continuar porque tiene proyectos en mente y fortaleza suficiente para ponerlos en marcha.
Un apoyo importante en esta apertura a la comunidad ha sido el director del centro de mayores, Faustino de la Peña. Cree en los beneficios de colaborar y así lo ha hecho durante años también con el colegio de Primaria “Se les ve con otra cara. Disfrutan mucho. Esta idea de colaboración es fantástica”, explica. Las charlas que los estudiantes mantuvieron con sus residentes, las risas y lo rápido que pasa el tiempo en el taller parecen darle la razón.

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